LEYENDAS DE YAUHQUEMEHCA: La guardia de los Fieles Difuntos

David Chamorro Zarco
Cronista Municipal
Desde muy niño, mi abuelita hacía que la acompañara regularmente a la iglesia, a las misas, a los rosarios y a otras actividades que allí había. Como todo niño, movido por el amor y la ternura de Tomasita, accedía gustoso a ir con ella cada vez que me lo pedía.
Una de las cosas que más me inculcó mi abuelita fue la devoción por los Fieles
Difuntos. Me explicó que ellos eran todas las personas que ya habían fallecido, y que en su mayoría se encontraban esperando su purificación en el purgatorio, sufriendo castigos por los pecados que llegaron a cometer en vida, y que nosotros debíamos preocuparnos por ellos, orando, cuando menos, un padre nuestro y tres aves marías exactamente a las doce del día en que, según decía Tomasita, se abría la puerta del purgatorio y algunas almas lograban ascender al cielo.
Me mostró con mucho detalle la enorme pintura que hay en el interior del templo de San Dionisio, y que representa precisamente a las almas de los Fieles Difuntos y su sufrimiento en el purgatorio. Las primeras veces me llené de miedo al contemplar escenas tan dolorosas, viendo como cuerpos desnudos eran presa de las llamas, y no dejaba de preguntarme, por las noches, cómo lograrían soportar tan terrible dolor, si yo, habiendo tocado por error una sartén caliente, había tenido llagas en los dedos y un dolor muy agudo que me duró varios días.
Con todo, seguía acompañando a mi abuelita a las actividades del templo de San Dionisio, y muy en particular, hacia finales de octubre, solíamos hacer, ella y yo, un rosario completo hincados frente al altar de ánimas, en petición de indulgencia y piedad por las almas de los Fieles Difuntos.
Obviamente, mi abuelita era la primera promotora de que desde el día 28 de octubre se colocara en nuestra casa una ofrenda, que iría recibiendo a las almas del purgatorio que durante esos días, según me explicaba, tenían la licencia de Dios para regresar a convivir con los vivos. Escuchaba con atención todo lo que Tomasita me contaba y procuraba obedecer en todo, pues ella siempre me había demostrado amor y ternura, y me parecía que lo menos que podía hacer era ayudarle en todo lo que pudiera.
Cuando entré en la secundaria, ya no me parecía que las cosas que me habían gustado de niño me siguieran agradando. Mis compañeros de salón se empeñaban en decir que ya éramos gente casi adulta, y que por ello debíamos dedicarnos a cosas mucho más rudas. La mayoría de ellos hablaban insertando muchas groserías en sus frases, se reían de las mujeres, lo mismo de las jóvenes que de las ancianas, y no ocultaban el deseo lascivo que les despertaban algunas maestras.
Por mi deseo de no ser rechazado, comencé a comportarme igual que mis compañeros, y un día que Tomasita me pidió acompañarle a la iglesia simplemente le dije que no quería, que no tenía tiempo, que esas cosas ya no eran para mí. Ella me miró un momento, y sin decir nada y se fue caminando lentamente hacia el templo. Dos o tres semanas después, Tomasita murió, y yo me quedé con un remordimiento terrible en la conciencia.
Ya cuando iba en tercero de secundaria, las cosas comenzaron a hacerse mucho más violentas. Alguno de mis compañeros incluso llegó a llevar un arma escondida en su mochila, y lleno de orgullo varonil nos la mostró a la salida. Todo mundo se quedó admirado de su audacia, y desde luego nadie tuvo siquiera la remota idea de reportarlo con los maestros.
Ese mismo chico de la pistola tenía muchos problemas ya de pandillas, pero su compañía me agradaba, porque me compartía muchas cosas que yo no sabía. En una ocasión, a la vuelta de la escuela, tres muchachos le cerraron el paso, y le retaron abiertamente a los golpes. Él de inmediato tiró la mochila y me dijo que no me metiera, y comenzó la pelea de una manera desgarradora, no solo a puñetazos y a patadas, sino absolutamente con todo lo que tenía a su alcance. Desde luego no pudo con los tres, y cuando los agresores se retiraron, en medio de su furor festivo, me miraron con fijeza y me advirtieron que yo seguía en su lista. Ayudé a que mi amigo se levantara, pues había quedado muy maltrecho, y lo acompañé hasta su casa.
Mi compañero no se presentó durante varios días a la escuela, y una ocasión salí caminando solo de la secundaria. Al pasar por el paraje donde fue la pelea anterior, de pronto miré a lo lejos cómo venían los tres muchachos hacia mí. De inmediato adiviné que me golpearían tan cruelmente como a mi compañero. Pensé en regresar, en correr, pero algo en mi interior me dijo que continuara adelante.
La distancia se fue acortando. A cada momento los veía más y más cerca, y cuando los tenía ya a unos cinco metros de distancia, ante mi admiración, los muchachos se hicieron a un lado del camino, permitiéndome el paso franco. Los miré de forma retadora, altiva, pero seguí mi camino, aunque en el interior me estaba muriendo de miedo. Una vez que los pasé, volví el rostro un momento y vi que ellos seguían a la orilla del camino, sin pretender perseguirme o atacarme.
Muchos años después, ya siendo adulto, en una fiesta me encontré con uno de esos chicos agresores. Él trabajaba de obrero en una fábrica y yo estaba a punto de titularme en la universidad. No quise quedarme con la duda, y de pronto le recordé aquel acontecimiento en donde me habían dejado pasar sin atacarme. Le pregunté las razones del por qué se habían retirado sin agredirme.
El joven obrero de inmediato se acordó del acontecimiento y se puso serio. Me dijo que, efectivamente, los tres tenían acordado darme una buena paliza. Recordó que se prepararon cuando memmiraron venir solo por el camino y se prepararon para el festín, pero un instante después se dieron cuenta de que yo no venía solo, sino que a mi alrededor venían al menos veinte personas, y que delante de mí venía una viejecita, caminando a muy buen ritmo, con un bastón en la mano, con el que los amenazó de lejos, dándoles a entender que si se atrevían a agredirme, los que iban a resultar apaleados serían ellos.
Ahora comprendo que el ánima de Tomasita y de otras muchas personas me protegieron. Los Fieles Difuntos hicieron guardia en torno mío para evitarme un daño. Por eso hoy, a muchos años de distancia, soy el primer promotor en mi casa de que se coloque puntual la ofrenda a los Fieles Difuntos, y todos los días, en. de las doce horas, pronuncio fervoroso un padre nuestro y tres aves marías, en favor de la indulgencia y el perdón de las benditas Ánimas del purgatorio, que son los Fieles Difuntos, con quienes algún día, más tarde o más temprano, terminaré reuniéndome.

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