¡Qué ingratitud!
David Chamorro Zarco
Cronista Municipal
El hombre iba gustoso, con una gran sonrisa dibujada en los labios. Su overol, su sombrero y sus botas denunciaban de inmediato que se trataba de un trabajador. Cruzó la calle sin preocuparse mucho del tráfico y, ya estando del lado del parque, se fijó en un hombre de traje distinguido, sentado a la mitad de una banca metálica. Aminoró el paso y lo miró con más detenimiento. Lo reconoció plenamente.
—¡Patrón, qué milagro! ¡Cuánto tiempo sin verlo! ¿Qué se ha hecho?
—Hola, Emilio, igual me da gusto encontrarte. Pues nada, aquí de visita con la familia.
—¿Está bien, patrón? Lo noto triste
El del traje suspiró hondamente. Bien sabía que su estado de ánimo no se podía ocultar a nadie.
—Pues sí, Emilio, sí, estoy triste. Me siento especialmente solo. Me doy cuenta de que todo lo hecho de nada ha servido. Me refiero a mi familia, claro está. Sólo les hice mal al darles todo: riqueza, poder, posición social. Son unos egoístas. Ya ni de mí se acuerdan.
El del sombrero comprendió el sentimiento del otro. Se sentó a su lado en la banca del parque.
—La ingratitud es gran pecado, patrón…
El hombre de la ropa distinguida no soportó su dolor y cubriéndose el rostro con las manos, lloró unos instantes. Luego sacó un pañuelo del bolsillo frontal del saco y se limpió.
—¿Te acuerdas, Emilio, con cuánto ahínco trabajaba? Al igual que ustedes, en ocasiones doblaba turno en la empresa, con tal de sacar los pedidos. Mis hijos nunca valoraron ése esfuerzo. Sólo les gustó el dinero, y yo, nadie más que yo, tengo la culpa de eso. Yo los convertí en unos egoístas. Hoy ya ni me recuerdan.
—Ya sabe que siempre se ha dicho que a los hijos no hay que darles todo. ¿Ya entró a su casa, patrón?
—Ya, Emilio, ya entré, por eso te lo digo. Pasé justo frente a ellos y ninguno me reconoció, nadie me habló. Busqué por toda la casa y no encontré nada, más que avaricia y vanidad. Dios me ha castigado justamente por haber sido tan ciego.
—No se apure, patrón, eso ya no tiene remedio. Pero usted todavía tiene amigos que le recordamos con mucha gratitud. Véngase conmigo. Los muchachos y yo siempre nos reunimos en la casa de Tacho, el mecánico. Allí podrá encontrar buenos amigos y la pasará bien. Véngase, ya no esté triste.
El trabajador ayudó al otro a levantarse y, sin importarles el qué dirán de la gente, patrón y obrero se fueron abrazados por la calle. En la puerta de una casa modesta se notaba ya mucha gente. Todos reconocieron a quien durante muchos años les había dispensado un trabajo digno. Le abrazaron como a uno más, como a un hermano. Entraron a la casa y todo fue regocijo. Había comida, bebida, dulces…
—¡Aquí sí se acuerdan bien de nosotros!— dijo una voz entre los convidados, comenzando el festejo.
Otra vez la cara del patrón se llenó de tristeza y de vergüenza.
—Toda la riqueza que tuve y que dejé no fue suficiente para que mis hijos siquiera me compraran una vela y un pan. Dan ganas de volver a morirse.
V