El pase de luz
David Chamorro Zarco
Cronista Municipal
Desde que se construyeron las carreteras que cruzan por nuestros pueblos en Yauhquemehcan, se han contado una infinidad de accidentes viales, muchos de ellos dejando consecuencias fatales. Sin duda, pueden contarse por cientos los fallecidos en este territorio a lo largo de décadas, y cuyas almas, según lo que la gente cuenta, no siempre han trascendido, y siguen suspendidas en el mundo de los vivos.
Uno de estos casos aconteció con un joven motociclista, que hace unos 20 años iba de la ciudad de Apizaco rumbo a Tlaxcala. Con su poderosa máquina dejó atrás la zona que entonces se conocía como “La rotonda”, a la entrada de Santa Úrsula, y comenzó a acelerar rápida y progresivamente.
De repente, cuando se disponía a iniciar la bajada de San Benito, algo falló. La máquina no respondió, y el chico de pronto, sin siquiera llegar a entenderlo perdió el control del vehículo, se separó del asiento y, literalmente, volando, se estrelló en uno de los árboles del camellón central, perdiendo la vida al instante.
Como sucedía con mucho mayor frecuencia en años anteriores una vez que ocurría un accidente vial, no faltaban los vecinos curiosos que, atraídos por el morbo, se reunían para mirar de lejos la desgracia ajena. Ese día llegaron una veintena de personas para mirar con curiosidad lo que había sucedido, y particularmente un vecino que por ahí pasaba, sin tener la plena intención de unirse al grupo, se acercó sólo un momento para informarse sobre los detalles de lo acontecido. En menos de un minuto tenía ya la información básica, y decidió retirarse a su casa.
No obstante, cuando comenzó a caminar, sintió una extraña pesadez sobre los hombros, como cuando alguien está muy cansado luego de haber cargado mucho peso. Se tocó los hombros y se dijo a sí mismo que debía moderar su trabajo, porque ya sentía que el cuerpo le estaba cobrando la factura.
Cuando llegó a su casa, su mujer lo notó extraño, distraído, cansado, desatento. Le preguntó lo que tenía, y el hombre atinó a contestar que se sentía cansado, y refirió lo que había sucedido en el accidente vial de la carretera.
La mujer, que era especialmente perceptiva, conforme fueron pasando los días, notó cosas que le llamaron mucho la atención. Cuando su marido pasaba caminando junto a ella, casi podría asegurar que miraba una sombra diferente que le acompañaba. Por las noches, ya acostados, la mujer sentía una extraña incomodidad en la cama, como si alguien más estuviera presente, como si alguien estuviera mirándola, y por instinto, se cubría como cuando una persona descubre a otra con poca ropa o francamente desnuda.
También comenzó a hacerse notable que, cuando llegaba el marido a la casa, “Fido”, el perro, en lugar de levantarse a recibirlo alegremente como solía hacerlo, se limitaba a mirarlo con cierta hostilidad y le gruñía, mostrando los enormes colmillos.
El hombre comenzó a perder vitalidad, peso, energía, ganas de salir a trabajar. Cuando acudió con el médico, sólo recibió por recomendación el descanso y la ingesta de vitaminas para mejorar su desempeño diario. Casi todo le molestaba y perdió la apetencia por acercarse a su mujer.
La esposa, desde luego, comenzó a preocuparse por la pérdida inexplicable de la condición de salud de su marido, pues regularmente había sido un hombre de gran vitalidad, energía y fuerza.
En el pueblo de San Benito había una señora, a la que todo mundo identificaba con ciertos poderes extrasensoriales, o sea, que se contaba que poseía la facultad de mirar lo que para otros está vedado. Tomando una penca de plátanos que había comprado en el mercado, la mujer fue a buscar a la señora, con el pretexto de hacerle el obsequio de la fruta, y aprovechó para entablar una conversación en la que deslizó, de manera superficial, lo que le estaba pasando a su marido.
La señora, mientras le quitaba la cáscara a un plátano, escuchó con toda atención, y no tardó en concluir que era necesario visitar la casa de la mujer, tratando de averiguar lo que estaba sucediendo. Esa misma tarde, la señora acudió al domicilio, y mientras bebía una taza de té, pudo sentir la presencia de la que la mujer hablaba, y que había estado acompañando a su marido desde hacía varias semanas.
La señora llamó aparte a la mujer y le dijo que su marido tenía un ánima “pegada”, o sea, que el espíritu de un muerto se le había adherido, y que por ello se presentaba no solo la sensación de la presencia extraña, sino el decaimiento en la salud del hombre.
Explicó que se notaba con claridad a un hombre joven que estaba “pegado” a su marido. por lo que había podido entender, era muy probable que el espíritu correspondiera al muchacho que había muerto en el accidente de motocicleta, pues es muy común que quienes mueren de manera intempestiva, accidental o abrupta, queden “aturdidos”, y no comprendan que ya murieron. Todo lo ven, todo lo escuchan pero no comprenden el por qué los demás no son capaces de verlos ni de oírlos.
La señora dijo que estas almas están “suspendidas” en el mundo de los vivos, y que se encuentran desorientadas; muchas veces no pueden trascender, debido a que tienen lazos afectivos muy fuertes, o a que dejaron muchos pendientes de atender en vida, e incluso quienes llegaron a morir sin haber concluido con cosas importantes, como pedir perdón a los seres queridos con los que alguna vez se distanciaron.
Finalizó diciendo que lo que debía hacerse era un pequeño ritual al que se conocía como “pase de luz”, y que consistía en invocar al espíritu para explicarle que ya estaba muerto, y que debía abandonar este mundo para pasar al plano a donde ahora pertenecía, y que no era extraño que en algunas ocasiones, los espíritus dejarán algunos encargos o pidieran algunos favores antes de retirarse.
La mujer aceptó la realización del ritual, y considerando que lo único que pedía la señora era una vela encendida, de inmediato se trasladaron a la sala de la casa para llevar a cabo “El pase de luz”. La señora comenzó a rezar algunas oraciones básicas, y después invocó la ayuda de las ánimas benditas del santo purgatorio, para luego dirigirse concretamente al espíritu en cuestión.
“Te hablo a ti, espíritu que acompaña a este hombre, para que te manifiestes abiertamente, y comprendas lo que te ha sucedido, pues ya no perteneces a este mundo, y es necesario que trascienden hacia la luz”. Entonces la señora presenció con claridad cómo la figura salía del interior del hombre. Efectivamente era un joven, no mayor a los 25 años, con el pelo largo y el rostro mostrando congoja y desentendimiento.
“Solo recuerdo que venía conduciendo la motocicleta, y luego todo cambió de color. un instante después miré la máquina tirada y miré un cuerpo junto a un árbol. Veía a mucha gente que desde lejos contemplaba la escena, la llegada de la policía y luego de la ambulancia. Como no entendí nada, decidí acercarme a este hombre para pedirle ayuda, pero le hablé y no me contestó, por lo que decidí seguirlo”.
“Debes entender, muchacho, que el cuerpo que viste tirado y que estaba muerto era el tuyo. ya no estás vivo. Ya no perteneces a este plano. Debes desprenderte de entre nosotros para trascender hacia la luz, para que alcances el pleno descanso de tu alma”.
“¿Dices que estoy muerto? ¿por eso los demás no beben ni me escuchan? ¿Por eso no siento dolor, ni sueño ni hambre? ¿Qué pasará con mi mujer, pues está embarazada?”
“En efecto, nadie te ve ni te escucha porque eres un espíritu, porque estás muerto y suspendido en el mundo de los vivos. De tu mujer, no te preocupes. Aunque siente mucho tu partida, saldrá adelante. ¿Quieres dejarle algún mensaje?”
“Dígale que siempre la amé con todo mi corazón y, y que lamento no poder estar a su lado para mirar crecer a nuestro hijo; pídale que llame a nuestro pequeño Emmanuel, pues Dios siempre ha estado con nosotros. Me llamo Ernesto, y mi mujer, Karina; vivimos exactamente atrás de la escuela primaria de San Jorge Tezoquipan”.
La señora transmitió al hombre y a la mujer el recado que acababa de emitir el espíritu, y se comprometieron formalmente, en nombre de Dios, a cumplir con la misión.
“Ernesto, ahora puedes irte en paz. Ahí tienes la luz para ti, qué es la puerta al mundo al que ahora perteneces. Vete sin rencores, vete sin culpas; que Dios conceda a tu alma el descanso eterno “.
La señora miró cómo el espíritu se iba diluyendo, y en ese mismo momento toda la casa se llenó de una sensación de paz y tranquilidad inmensa. De inmediato cesaron los dolores del hombre y su mujer ya no percibió la pesadez de una presencia extraña. Al día siguiente, marido y mujer fueron al pueblo de San Jorge y cumplieron su promesa. Se hicieron buenos amigos de Karina y, llegado el momento, apadrinaron el bautizo de Emmanuel, constatando que Dios está con nosotros.