CRÓNICAS DE YAUHQUEMEHCAN Los cuexcomates: custodios del tesoro de maíz

David Chamorro Zarco
Cronista Municipal
El cultivo del maíz se realizó de manera lenta a lo largo de miles de años, haciendo que los grupos humanos fueran experimentando con las diversas variedades de la semilla, desde la mítica llamada “teocintle”, que se puede identificar como una una planta silvestre, hasta el desarrollo de las variedades modernas que permitieron mucho mayor resistencia, incremento en el tamaño y densidad nutritiva.
Seguramente para el horizonte preclásico dentro de la historia de Mesoamérica, ya se tenía plenamente identificadas y cultivadas las principales especies de maíz que, con ciertas variantes, se conservan hasta nuestros días. de la misma manera, el desarrollo de técnicas de cultivo como los terraplenes, las terrazas y las chinampas, contribuyeron a un mejor, más rápido y productivo cultivo de la semilla. Naturalmente el incremento en la producción del maíz estuvo directamente relacionado con el crecimiento de la población. Si el hombre mesoamericano no hubiera sido capaz de mejorar la calidad y cantidad de su alimentación, no habría podido incrementar sensiblemente el número de personas viviendo en la zona.
El levantamiento de las cosechas de maíz implicó para los pueblos mesoamericanos el reto del almacenaje en condiciones de sanidad e inocuidad suficientes, evitando por todos los medios que los insectos, hongos o roedores terminaran aprovechándose del producto del trabajo de los seres humanos. Fue debido a esta necesidad imperante que nacieron los “cuexcomates”, que en términos sucintos pueden ser definidos como graneros para el almacenamiento y preservación de las semillas en condiciones óptimas de ausencia de humedad, insectos o plagas.
En la región del altiplano central mexicano, cuando se generó el encuentro de las dos culturas, se mantuvo durante siglos la presencia de estos cuexcomates como una solución idónea para la preservación y almacenamiento de las semillas cosechadas. Durante el virreinato, el siglo XIX y casi la totalidad del siglo XX, el paisaje rural de Tlaxcala y sus pueblos se vio inundado por la existencia de cuexcomates que acompañaban siempre la construcción de las viviendas.
Para lograr las condiciones ideales de aislamiento térmico y evitar la presencia de agentes biológicos que dañaran las semillas, como los hongos, los insectos o los roedores, nuestros antepasados encontraron una solución ideal al hacer bases de desplante con piedra, de suerte que no resultara sencillo para los animales roedores el poder penetrar un muro lítico. a partir de una cierta altura, de unos 40 o 50 cm a partir del suelo, los cuexcomates pasaban a ser edificados básicamente con adobes, pero lo interesante era que no se optaba por la construcción vertical, sino que se iba adoptando una posición “abombada”, es decir, la construcción se iba abriendo de manera circular, de suerte que entre más altura alcanzaba, la circunferencia iba creciendo. Al llegar a la altura deseada, el círculo constructivo se iba cerrando hasta terminar relativamente del tamaño aproximado que se había hecho en la base. Esto quiere decir que el cuexcomate, visto ya en su construcción completa, tenía una forma de olla.
Naturalmente se procedía al aplanado, regularmente con base en lodo de barro, teniendo especial cuidado en que quedara lo más fino posible, con la finalidad de evitar que existiera algún saliente que los animales pudieran utilizar como asidero. Bien se sabe que los roedores tienen grandes habilidades como trepadores, pero tanto por el aplanado externo de los muros del cuexcomate, como por su posición abombada o de circunferencia, resultaba prácticamente imposible escalar la edificación, incluso para quienes tenían mayores habilidades al trepar.
En el caso del techo, regularmente se utilizaba la estructura de tejamanil coronada con tejas, o bien, la construcción de una cubierta con base en palma tejida, evitando naturalmente la filtración de la lluvia.
Los cuexcomates tenían una abertura superior, a la que se llegaba a través de una escala o escalera móvil, y que servía para que las personas pudieran ingresar. En el interior de la edificación se ponían de manera horizontal algunos maderos a determinadas alturas, que eran utilizados a manera de escalones para que desde dentro las personas pudieran subir o bajar.
A determinadas alturas se solían colocar ventanas o respiraderos, debidamente protegidos con madera o algunos otros elementos, de manera que solo permitían el paso del aire y no de los insectos. En algunos casos, los cuexcomas contaban con una pequeña puerta a la altura del piso de manera que las personas podían acceder a las semillas sin necesidad de subir a la parte superior de la construcción o introducirse en el cuexcomate.
Se entiende que estos graneros tradicionales mesoamericanos fueron particularmente útiles durante siglos, en tanto la vida esencialmente giró en torno de la producción agrícola. Una vez que, después de la década de 1970, las localidades de Tlaxcala comenzaron a cambiar, muchas personas vieron en los cuexcomates una construcción estorbosa que de nada les servía, y lamentablemente comenzaron su demolición. Hoy, por ejemplo, en las localidades de Yauhquemehcan, es muy difícil encontrar en pie estos cuexcomates que en otros momentos fueron parte del paisaje rural de nuestras localidades.
Los historiadores y urbanistas reconocen de manera unánime que los cuexcomates fueron una solución idónea durante siglos para el almacenamiento y preservación de las semillas, al tiempo de ser verdaderas joyas arquitectónicas por su belleza estética y estilística, en especial por haber demostrado el potencial que tenían los materiales de construcción locales, y que con la mano de obra experta de nuestros antepasados, se podían convertir en este tipo de construcciones.
Con toda seguridad, las personas que tengan poco más de 50 años recuerdan que en las comunidades de Yauhquemehcan los cuexcomates eran una construcción muy común; habrá quien guarde recuerdos acerca de la manera en que se pedía a los niños y jóvenes, debido a su estatura y peso, que fueran los encargados de la cuidadosa introducción de las semillas al interior de los cuexcomates; incluso habrá quienes, como quien esto escribe, hayan encontrado en el interior de estos graneros el escondite perfecto para escapar de cualquier regaño o castigo, o para encontrar un lugar solitario para la lectura.
Los cuexcomates fueron como cofres en donde se guardaba el tesoro más preciado para las familias de Yauhquemehcan y de Tlaxcala, porque al acumular las semillas se aseguraba también la alimentación de la familia durante todo un año. Allí se podía contemplar de manera física y tangible el producto de tantas jornadas de trabajo, de tantas fatigas y esfuerzos que los hombres y mujeres rurales de otras generaciones ponían para, con todo respeto, arrancar de las entrañas de la tierra el producto del trabajo honesto que les permitiría seguir subsistiendo.
La mitología de nuestros antepasados nahuas afirmaba que el preciado maíz, que es nuestro sustento, se almacenaba celosamente en el interior de una montaña, y que solamente una hormiga podía penetrar por una pequeña abertura en la base del cerro para ir sacando un grano a la vez. El bondadoso dios Quetzalcóatl, había dado de que los hombres vivían débiles por no tener acceso a alimentación de calidad, fuera de raíces, frutos silvestres y lo poco que podían casar, decidió entregarles el mayor de los tesoros, que era el maíz. Se convirtió en una hormiga negra y de esta manera pudo ingresar a la montaña en cuyo interior se encontraba almacenada la semilla, tomó una y la llevó donde estaban los hombres, explicándoles cómo debían cuidarla, sembrarla y cultivarla para tener suficiente alimento. Fue así que gracias a Quetzalcóatl, los seres humanos pudieron tener alimento, fuerza e inteligencia para convertirse en lo que son el día de hoy.
¡Caminemos Juntos!

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