David Chamorro Zarco
Cronista Municipal
De manera general, la enorme familia de los insectos es la autora de la polinización que permite la existencia de la biodiversidad en nuestro mundo. Sin esos pequeños seres, a los que casi siempre despreciamos y que algunos aborrecen, no habría la posibilidad de que las plantas pudieran generar el proceso de floración, y por tanto, la generación de frutos y semillas que garantiza la reproducción de las propias plantas y la preservación de la vida en todo el ecosistema.
Hay que agradecer muy en especial a las abejas –cuyo Día Mundial se conmemora este 20 de m, porque gracias a su presencia y trabajo infatigable, nuestro planeta aún posee la enorme diversidad de plantas que constituyen la base alimenticia no solo de las familias de herbívoros, sino también de los seres humanos. En una palabra, si no existieran abejas, el ser humano simplemente no podría sobrevivir.
Estos insectos han existido a lo largo de millones de años sobre la superficie de la Tierra, y desde el inicio han contribuido con su labor a llevar el polen de una planta a otra, con lo que se garantiza la debida fertilización. Los biólogos expertos hablan de la existencia de varias decenas de miles de especies de abejas, la mayoría de las cuales realizan su labor de manera individual, aunque las que el ser humano logró domesticar hace unos siete mil años, están perfectamente organizadas en comunidades y responden a misiones y tareas muy concretas, de cuyo trabajo y fruto los hombres tenemos elevados beneficios
Es importante decir que antes de la domesticación, los seres humanos, en la época a la que llamamos la prehistoria, solían recolectar la miel silvestre, no sin pocas dificultades. El proceso de adopción de estos insectos como parte de la cotidianidad de los seres humanos fue paulatino, e incluso en libros tan antiguos como la Biblia hay ya referencias a la miel –por ejemplo, el panal silvestre que encontró Sansón en una de sus aventuras, y la referencia reiterada a que la tierra prometida al pueblo de Israel era donde manaba leche y miel–, con lo que se daba a entender que era de gran riqueza.
En la región mesoamericana, nuestros antepasados conocían y se beneficiaban de una especie de abeja que no tenía aguijón, y que no llegó a domesticarse, sino que sus productos eran recolectados directamente del campo. De hecho, cuando se dio el encuentro de las dos culturas, la cera que se utilizaba en los templos para los diferentes rituales católicos era mayoritariamente importada de Europa. la introducción de la abeja europea no se dio sino hasta una época muy tardía en el virreinato, aproximadamente en el último tercio del siglo XVIII, teniendo mucho éxito para adaptarse a las tierras novohispanas, muy en especial a las regiones del centro, occidente y sureste de lo que el día de hoy es nuestro país.
Justamente por ello, entidades como Michoacán, Guerrero, Oaxaca, Chiapas y Veracruz son quienes tienen mayormente desarrollada la apicultura y su producción es colocada primordialmente en el mercado nacional y también en Norteamérica y en Europa. para el caso de Tlaxcala hay presencia muy importante en diversos municipios como Ixtacuixtla, Tepetitla de Lardizábal, Santa Cruz Tlaxcala, Terrenate, Atltzayanca, Xaloztoc, Huamantla y, desde luego, en Yauhquemehcan. Hay productores que satisfacen el mercado local y nacional, y otros que exportan la totalidad de la generación de miel y otros derivados, principalmente a Alemania.
Las abejas son seres vivos que interactúan de manera sorprendente en una sociedad perfectamente organizada, con roles estrictamente establecidos. La abeja reina es la única hembra fértil capaz de reproducirse, en tanto que el zángano es el único macho capaz de fertilizar a la abeja reina, y con ello garantizar la preservación de su especie. La enorme mayoría de las integrantes de la comunidad son abejas obreras, femeninas en género, pero sexualmente estériles.
Los biólogos han descrito muchos aspectos interesantes en torno de las abejas. Se habla acerca de la utilización de un lenguaje concreto, basado en movimientos o “danzas”, que son interpretadas por el resto de la comunidad, señalando la existencia, dirección y distancia a que se encuentran diversas flores para la recolección del néctar. se habla también acerca del uso del hexágono dentro de la colmena para la acumulación de la miel, como una verdadera maravilla de la comprensión geométrica y física del mundo, pues ellos les garantiza el máximo aprovechamiento del espacio, la debida resistencia en los materiales de la construcción y muchas otras ventajas de las que los seres humanos podemos seguir aprendiendo en materia de uso de materiales y edificación. Se habla incluso de que cuando algún ser vivo intruso ingresa, con intención o sin ella, al interior de la colmena, es atacada hasta la muerte, para luego ser embalsamado, de suerte que su cuerpo no se corrompe, lo que significaría una contaminación general para toda la colmena, sino que se preserva aislado, evitando con ello la corrupción general. Se habla también de una capacidad extraordinaria de adaptación, pues no es sencillo llegar a una coexistencia pacífica, armónica y ordenada de miles de insectos en un espacio tan relativamente pequeño, y que hay evidencia de que desde hace millones de años estos pequeños insectos poseen en su código genético la información necesaria para comprender su papel en el mundo, sin rebelarse ni modificarlo, siempre pendientes del trabajo colectivo y de que lo realmente importante es la supervivencia de la colmena y no del individuo.
De manera general, la actividad apícola busca la producción y recolección, en primer lugar, de la miel producida por las abejas. Esta sustancia se acumula en el interior de los cubículos hexaedros en el interior de los paneles, y es cubierta por una capa de cera para su debida protección, preservación y aislamiento. Entre los productores modernos, ya dotados de máquinas especializadas y de tecnología adecuada, se procede a retirar cuidadosamente a los insectos, utilizando bombas de humo para tranquilizarlas, y posteriormente se retira las capas de cera de la superficie y del fondo del panel, para luego utilizar una máquina centrifugadora que, justamente a través de la fuerza centrífuga, separa la miel de la estructura procurando o no dañarla, permitiendo que la sustancia sea pasada por filtros que retiren por completo los restos de cera, y al cabo de un par de semanas, retirando debidamente las impurezas existentes, se le envasa preferentemente en recipientes de cristal, se le etiquete y pueda salir al mercado.
Previo a la utilización de esta tecnología, regularmente los apicultores de las décadas y siglos pasados, simplemente retiraban los sellos de cera de los paneles, posteriormente les cortaban en trozos, y a través de prensas de madera o metal aplicaban presión, de suerte que hacían que la miel fuera debidamente extraída para posteriormente ser tamizada a través de telas finas o coladores especiales.
Otro producto muy apreciado y simbólico de las abejas es la cera, que esencialmente sella cada uno de los hexaedros para proteger la miel. Esta cera es debidamente tratada a través del calor para quedar fundida y con ella, entre otras cosas, se fabrican velas y otros productos similares, muchos de ellos relacionados con los rituales religiosos. Es muy de destacar que de manera particular los llamados “cirios pascuales”, son elaborados con cera pura de abeja, y durante la víspera de pascua, los sacerdotes católicos les consagran en la ceremonia del Fuego Nuevo, haciendo alusión directa a que su material fue directamente producido por las abejas y, en extensión, por el orden superior que Dios estableció en el universo, por lo que es el producto más digno de representación del Cristo resucitado. A diferencia de la parafina, un producto procedente del petróleo, la cera de abeja brinda una luz blanca y un consumo limpio, de suerte que reúne todas las características de pureza, tanto para magnificar su significado ritualista, como para ser amigable con el medio ambiente.
Las abejas también producen polen que esencialmente recogen de las flores y es, al igual que el propóleo, una sustancia altamente nutritiva que les sirve de alimento, y que el ser humano ha aprendido a utilizar para su propio beneficio nutricional.
La jalea real es otro producto altamente nutritivo que igualmente producen las abejas y que los seres humanos hemos aprovechado, lo mismo que la apitoxina o veneno de abejas que se utiliza en los tiempos modernos como elementos central en terapias alternativas y tratamientos médicos, primordialmente relacionados con inflamaciones y dolores.
Es de gran importancia señalar que durante los últimos cincuenta años, las abejas han sido especialmente afectadas por la contaminación que ha generado el ser humano y prácticamente todos los ecosistemas. El calentamiento global, Igualmente derivado del desequilibrio que hemos generado entre todas las personas,n ha afectado no solamente la secuencia e intensidad de las lluvias o la intensidad del calor, sino los procesos de floración de las plantas, con lo que las abejas han resentido la modificación de su hábitat; otro tanto es necesario decir acerca del crecimiento exagerado de los núcleos poblacionales humanos, lo cual ha contribuido a que haya menos espacios dedicados a la floración de la las especies silvestres, al tiempo que los sistemas de cultivo permanente también han afectado la actividad de estos insectos maravillosos; los apicultores dan cuenta de la disminución sensible de la producción, de la cantidad de integrantes de las colmenas, e incluso de las dificultades que se tiene para la manutención de las abejas durante los periodos invernales, y que ha llevado, en un esfuerzo de coordinación, a que instituciones y productores realicen convenios para permitir la movilidad de las colmenas, particularmente, en nuestro caso, desde el altiplano central mexicano hasta tierras más bajas, cercanas a la costa, particularmente de la entidad veracruzana, con el fin de garantizar mejores condiciones de vida para las abejas.
En cierto modo, tal como lo afirman los biólogos especializados, las abejas son un indicador exacto de la condición de sanidad o contaminación del entorno en el que se desplazan. Lamentablemente, esta afirmación nos lleva a concluir que estamos viviendo en niveles ya muy cercanos a la etapa ya crítica de la contaminación de muchos ecosistemas, lo que dificulta la existencia, la preservación y el trabajo fundamental de la polinización que llevan a cabo las abejas en todas nuestras regiones.
Este 20 de mayo, Día Mundial de las Abejas, es absolutamente imperativo que los seres humanos tomemos conciencia de la importancia que tiene la presencia y el trabajo de estos insectos, y que evitemos agredirlos, que permitamos su trabajo libre, y sobre todo que dejemos de ser indiferentes, apáticos e indolentes con la contaminación del medio ambiente porque, una cosa sí es segura, cuando las abejas dejen de existir, habrá llegado también el final para los seres humanos.
¡Caminemos Juntos!