CRÓNICAS DE YAUHQUEMEHCAN

Agustín I de México, entre la incomprensión y el olvido (1/2 partes)
David Chamorro Zarco
Cronista Municipal
La historia —la oficial, desde luego— la escriben los ganadores, en tanto que los perdedores son proscritos al olvido, a la vejación y a la calumnia. El ejercicio del poder se basa en la narrativa de los acontecimientos en donde, invariablemente, el gobernante en turno es el bueno, el justo y el honesto, a diferencia de los anteriores, en especial a los de facciones contrarias, que fueron malos, abusivos e indolentes. Se construye así héroes a los que sólo se les ven virtudes, fechas que son el orgullo nacional y hechos que son marcos justificativos de comportamientos pasados y presentes. Se inventa, se destruye, se mitifica, se ensalza o se proscribe del proscenio de la historia nacional, según se va necesitando de parte de la narrativa imperante.
De este modo, desde la escuela primaria, aprendimos que los villanos favoritos de la historia nacional son los españoles en general y Hernán Cortés muy en particular, Agustín de Iturbide, Antonio López de Santana, Porfirio Díaz y hasta Carlos Salinas de Gortari, en tanto que los héroes incomparables son Cuauhtémoc, Hidalgo, Benito Juárez muy en especial, Francisco I Madero, Lázaro Cárdenas y seguramente algún otro personaje.
La visión parcial y reduccionista de la historia nos ha hecho olvidar fenómenos, acontecimientos, procesos y personajes que deberíamos tener mucho más presentes para explicarnos en devenir de nuestra comunidad. Seguimos pensando en la conquista como una catástrofe, en el virreinato como una etapa de oscurantismo, en la independencia como un hecho automático, en la pérdida de la mitad del territorio nacional como un hecho imputable a una sola persona, en el triunfo de la república como el desenlace de la acción de un sólo protagonista, en la industrialización de México como un acto de abuso y desgracia, en la revolución como un acontecimiento de panacea a toda la problemática nacional…
La historia, como los paisajes, en mis humildes entendederas, ha de verse mejor desde lejos, desde lo alto, para poder contemplar todos los detalles que integran el cuadro, para no quedarse sólo en el detalle, para no dejarse impresionar sólo por el acontecimiento aislado.
Agustín de Iturbide es uno de esos personajes que han quedado proscritos de la memoria colectiva y si alguna vez se le recuerda, se hace para evocarlo como un traidor a la patria, como un convenenciero, como un oportunista que se subió al tren de la independencia cuando vio que el triunfo de tal causa estaba garantizado. Se le recuerda como un interesado y abusivo que se ciñó a sí mismo una corona inexistente y que fue, en cierto modo, el causante de muchas divisiones y enfrentamientos en la naciente nación mexicana.
Partamos del hecho de que Agustín de Iturbide se unió al ejército realista en 1800. La primera década del siglo XIX fue particularmente difícil en términos políticos para Europa, pues muchos acontecimientos se habían desencadenado con el estallido y triunfo de la Revolución Francesa, el establecimiento del régimen radical y la posterior llegada al gobierno de Napoleón Bonaparte que, como bien se sabe, quiso extender sus dominios yendo en diferentes direcciones por los caminos del viejo mundo, entre ellos, por España, a cuyo Rey —Felipe VII— hizo abdicar del trono. Cuando tal se supo en los territorios hispánicos de América, hubo diversas voces que reclamaron que debían tomarse medidas inmediatas para reservar al Rey su lugar y entretanto las cosas retornaban a su cauce normal, la Nueva España, en nuestro caso, debía ejercer por sí misma la soberanía a través de las figuras de los Ayuntamientos. Esto se acompañó de los primeros intentos de sublevación general que, por su falta de preparación y recursos, fueron sometidos casi de inmediato en 1808.
No pasó así con la conspiración de Querétaro que fue descubierta y por ello Hidalgo y Allende se lanzaron a la lucha al menos cuatro semanas antes de lo ese que tenían proyectado, teniendo como resultado un crecimiento exponencial de las tropas insurgentes, aunque, como decía el propio Ignacio Allende, sólo se trataba de personas carentes de disciplina y orden y mucho más atraídas por el deseo del asesinato y el pillaje. Parecería ser comprensible el discurso de que luego de tres siglos de dominio español, con una nación sometida a un sistema de división de casatas, los más desprotegidos se lanzaran a cometer actos criminales y bárbaros como lo sucedido en Guanajuato, Valladolid o Guadalajara. No obstante, en ambos bandos, tanto del lado de los realistas como en el frente de los insurgentes, había españoles, criollos, mestizos e indígenas luchando, por lo que el fondo no era otra cosa más que un enfrentamiento entre hermanos.
Agustín de Iturbide, fiel a la corona española, cumplió en diversas ocasiones las órdenes expresas de combatir a los insurrectos, lo cual realizó con eficacia y uso racional de la fuerza. Rechazó la oferta de Hidalgo de unirse en su primera etapa al movimiento en pro de la independencia nacional, primordialmente por los excesos que se estaban fomentado. Iturbide demostró cabal conocimiento de las habilidades y tácticas miliares, al grado de derrotar al propio Morelos en 1815, lo cual hizo declinar definitivamente la estrella del Cura de Carácuaro hasta su captura y muerte en diciembre de ese mismo año. Pero también Iturbide ya consideraba viable que se alcanzara la independencia de la Nueva España, más no necesariamente con tanto derramamiento de sangre. Don Lucas Alamán consigna que Iturbide creía ya desde 1815 que la independencia y pacificación del país era cosa sencilla, alcanzando las debidas condiciones y logrando un acuerdo entre insurgentes y realistas, pues no veía nada más que la emancipación en el horizonte nacional, pero también externaba que antes era necesario combatir a quienes fomentaban los excesos de violencia y se consideraban irreductibles a toda posibilidad de negociación.
Luego del fusilamiento del Generalísimo Morelos en diciembre de 1815, la guerra de independencia entró en una etapa de provocación y persecución de baja intensidad que en general es conocida como guerra de guerrillas. Es posible aventurar el comentario du durante la segunda mitad de todo este proceso (1816-1821) no hubo batallas de gran importancia como en la mitad anterior. Por su parte, los acontecimientos de la política fueron complicando más y más las cosas para la corona española, pues, aunque el Rey Felipe VII volvió a ejercer el poder, se vio obligado a jurar la Constitución de Cádiz de 1812, pero poco duró el gusto de lo consignado en la carta fundamental, pues apenas un par de años después, en 1814, el propio monarca la dejó sin efectos. No obstante, los acontecimientos de España hicieron que nuevamente el mandato tuviera un par de años más de vigencia, de 1820 a 1822, pero entre tanto los virreinatos, ahora convertidos en provincias, seguían en una especia de limbo y a su vez era mucho más apreciable la disolución de los vínculos con la corona española. Por ello, a pesar de que la guerra de guerrillas por la independencia nacional seguía de manera intermitente, la realidad era que cualquier calculador de medio pelo podía avizorar que el logro de la independencia de la Nueva España era sólo cuestión de tiempo.
Ahora bien, Agustín de Iturbide, luego de un proceso de investigación en su contra derivado de una acusación en materia de malversación de recursos público y abuso de la autoridad, de la que salió absuelto, decidió retirarse del ejército y de la vida pública y volverse a sus tierras, desde los primeros meses de 1816. Ya sin la presión de tener que combatir a las facciones de insurrectos, calculaba lo dicho, que la independencia era sólo cuestión de tiempo. En 1820, algunos actores políticos se reunieron para tratar de destrabar la cuestión y vieron que la mejor manera que se tenía era que el ejército realista tuviera en su mando a una persona confiable, que la tropa respaldara y que al mismo tiempo pudiera acercase como interlocutor válido a los núcleos insurgentes que seguían combatiendo. La idea esencial de este nuevo movimiento, al que se llama históricamente «La Conspiración de la Profesa», era proclamar la independencia de la Nueva España y convertirla en una nueva monarquía, cuya corona sería dada a un miembro de la Casa de los Borbones. Para ello, se logró que el virrey Apodaca nombrara a Agestión de Iturbide como comandante del ejército realista en la parte sur del país, en los últimos meses de 1820.
La consigna original de Iturbide era la de atacar a Vicente Guerrero, pero él compartió entre sus capitanes que veía muy poca utilidad en seguir combatiendo y extendiendo inútilmente un enfrentamiento cuyo resultado ya se sabía de antemano. Marchó, en efecto con sus tropas y tuvo algunos enfrentamientos con las fuerzas de Guerrero, pero en los primeros días de enero de 1821 mandó una carta al jefe insurgente en donde le expresaba que lo mejor que se podía hacer era lograr un cese general de las hostilidades, esbozando el inicio de una negociación digna y respetuosa. Unos días después Vicente Guerrero respondió sin desdeñar por completo el ofrecimiento de Iturbide, pero haciendo reproches y recordatorios de que los insurgentes había sido maltratados durante mucho tiempo, incluso diciendo que los diputados que acudieron a las Cortes de Cádiz habían sido marginados.
Hubo aún algunos escarceos, pero en los primeros días de febrero de 1821 Iturbide insistió con otra carta, ofreciendo a Vicente Guerrero reunirse en Acatempan, cerca del Chilpancingo, para lograr algún acuerdo. Así sucedió, de manera que Guerrero puso a las órdenes de Iturbide a sus tropas, con la promesa de que cesaría toda hostilidad y se trabajaría por el logro de la independencia de la nación. A continuación, Agustín de Iturbide mandó emisarios a todos los comandantes regionales el ejército realista, informándoles del acuerdo logrado con las fuerzas de Vicente Guerrero y pidiéndoles que se unieran en este proyecto de poner fin a la guerra que ya duraba poco más de diez años.
El día 24 de febrero de 1821 se proclamó el Plan de Iguala, en donde se declaraba la independencia de la Nueva España, su conversión en una monarquía moderada y constitucional, cuya corona sería ofrecida a algunos de los dignatarios de la Casa de Borbón, se reconocía como única religión a la católica, se anunciaba la formación de una Junta Gubernativa Provisional y la posterior de redacción de una Constitución moderada, de manera que todo mundo quedara equidistante y considerado. Este mismo Plan de iguala conformó una fuerza militar a la que se llamó Ejército Trigarante, por defender las tres garantías esenciales con las que se iniciaba la nueva nación —independencia, religión y unión— y una bandera con los colores verde, blanco y rojo que simbolizaban tales preceptos.
En los primeros días de marzo de 1821, los jefes del Ejército Trigarante juraron obediencia a la religión, a la independencia y a Fernando VII, en tanto que el virrey Apodaca lanzaba proclamas y amenazas en su contra, acusando a Iturbide de ser un jefe rebelde y despótico, teniendo el respaldo de algunos miembros del Ayuntamiento de la Ciudad de México y de algunos radicales absolutistas. El virrey se apresuró a conformar otro ejército, con lo que aseguraba no quedar desprotegido. Iturbide mandó una carta al Rey de España Felipe VII en donde le informaba el devenir que habían tomado los acontecimientos, al tiempo de ofrecer para la Casa de Borbón la corona de la nueva nación, pero al mismo tiempo advirtiendo que se tenía un ejército bien organizado y con pertrechos suficientes, para defender con sangre y fuego la independencia.
Durante los meses de marzo, abril, mayo y junio de 1821, ante la desesperación del virrey Apodaca, la gran mayoría de las fuerzas realistas se fueron uniendo a Iturbide y al Ejército Trigarante, quien, en ánimo festivo, iba avanzando por diversas plazas haciendo desfilar a las tropas en un ánimo triunfalista que era muy bien recibido por el pueblo. Al mismo tiempo, Iturbide desplegó un esfuerzo permanente para procurar el convencimiento de cada vez más generales y oficiales del ejército realista para que se pasaran a su bando. Esto no significa que los realistas no se hubieran defendido o que no hubiera habido enfrentamientos, pero era tal el ánimo impetrante que el Ejército Trigarante parecía una bola de nieve incontenible que a todos parecía atraer. Ya en junio, el virrey Apodaca es obligado a renunciar ante el advenm9imiento de mayor fuerza para el Ejército Trigarante.
En los primeros días de agosto de 1821, Juan de O´Donojú llegó a Veracruz a sustituir a Apodaca, empero, enterado de la situación que guardaba la nación, comprendió bien que todo intento de resistencia sólo significaría derramamiento inútil de sangre, desperdicio de recursos y más dolor en un proceso cuyo resultado era más que evidente. Agustín de Iturbide fue en cierto modo el autor de estos movimientos estratégicos que dejaron en jaque al considerado último virrey de la Nueva España, con lo que no hubo otro remedio que ofrecer a Iturbide una reunión, misma que se efectuó en la Ciudad de Córdoba, Veracruz, y de cuyo resultado, el día 24 de agosto de 1821, se firmaron los Tratados de Córdoba, en lo que se reconocía la independencia de esta fracción de la América, que en lo sucesivo se llamaría el Imperio Mexicano, cuya corona sería ofrecida a la Casa de Borbón y que debía regirse como una monarquía constitucional moderada, al tiempo de formar una junta provisional de gobierno para atender de manera urgente los asuntos más importantes de la naciente nación.
Hubo resistencias, ciertamente, pero para el 13 de septiembre de 1821, los militantes más radicales tuvieron que deponer su postura. Para el día 16 de septiembre, Juan de O´Donojú lanzó una proclama pública en donde anunciaba el fin definitivo de la guerra y el reconocimiento de la total independencia del Imperio Mexicano. Por último, como sabemos, el día 27 de septiembre de 1821 —el día del cumpleaños 38 de Agustín de Iturbide—, el Ejército Trigarante hizo su entrada triunfal en la Ciudad de México, integrado por más de 16 mil hombres, lo cual es considerado como el acto formal que marca el fin de la guerra de independencia y el nacimiento de la nueva nación.
¡Caminemos Juntos!

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