CRÓNICAS DE YAUHQUEMEHCAN

Órganos tubulares, voces en silencio
David Chamorro Zarco
Cronista Municipal
Desde las primeras prácticas del llamado cristianismo primitivo, apenas unos años después de la muerte y resurrección de Cristo, las ceremonias y prácticas de sus primeros seguidores estuvieron llenas de música, canto y a veces hasta danza, con lo que no sólo se afianzaba el sentido de comunidad de la grey, sino que se contribuía al aprendizaje y memorización de preceptos y oraciones. Conforme fue pasando el tiempo, las cuestiones religiosas se fueron haciendo mucho más complicadas, al grado que tuvo que darse toda una legislación al respecto de los ritos y liturgias, tratando de homologar las prácticas que se hacían en las comunidades cristianas de diversos lugares del mundo.
La música, como ya se ha dicho, tuvo y tiene un papel central en las prácticas, ritos y liturgias del catolicismo. En nuestro caso mesoamericano, los padres franciscanos del siglo XVI echaron mano de la música y el canto para reforzar la participación comunitaria y hacer de las prácticas religiosas algo mucho más dinámico. Al tiempo que esto sucedía, en Europa, desde el concilio de Trento, se establecieron cánones acerca del sacramento de la eucaristía, con lo que poco a poco se fue incorporando un cierto tipo de música litúrgica o sacra para acompañar los diferentes momentos de la celebración religiosa.
En la región de Tlaxcala, concretamente, al tiempo que se construían los doce conventos de la provincia, los padres franciscanos comenzaron una intensa labor para hacer que los músicos naturales de Tlaxcala, que eran muchos y muy buenos, fueran integrando a los instrumentos vernáculos y a los traídos de Europa —principalmente de aliento, de cuerdas y metales—, e ir integrando a diversas partes de la celebración litúrgica los momentos musicales, dejando también espacio para los momentos de silencio exigidos en los instantes de mayor solemnidad.
Las escuelas de artes y oficios que funcionaron en la provincia de Tlaxcala durante toda le época virreinal prepararon a muchas personas en torno de la música, desde constructores y reparadores de instrumentos musicales, hasta ejecutantes y compositores de obras sacras. En los principales templos de la región se adoptó la figura del «Maestro de Capilla», que era una persona experta en el arte, encargada de preparar, coordinar y dirigir a los músicos ejecutantes de las diversas piezas que se escuchaban, por ejemplo, en las misas de los días de mayor solemnidad, comenzando con las festividades de los santos patronos, así como el resto de las festividades marcadas en el calendario litúrgico. Su labor también tenía que ver con enseñar y entrenar a niños y jóvenes para que se fueran preparando en el conocimiento y ejecución de los instrumentos y el canto, con lo que se aseguraba la pervivencia de esta actividad.
Hay noticias de que en San Dionisio Yauhquemehcan hubo, hasta hace muy pocas décadas, grandes exponentes de la ejecución de la música sacra, a quienes de manera popular la gente llamaba «cantores», en especial Don Antonino Gutiérrez, ya fallecido, que se destacó muy en especial no sólo por su magistral capacidad de ejecutante, sino primordialmente como Maestro de otras personas en el conocimiento y ejecución del canto y de los instrumentos musicales.
Ahora bien, ya que en la provincia de Tlaxcala hubo cierta prosperidad económica durante los siglos XVII y XVIII —época en que, por cierto, se construyeron los más importantes templos que perviven hasta nuestros días— las comunidades o los donantes estuvieron en posición de adquirir monumentales órganos tubulares, que eran instrumentos musicales de gran tamaño. En términos muy sencillos se puede decir que el órgano es un verdadero instrumento de ingeniería musical, pues posee, para comenzar, una consola, que básicamente contiene los controles desde donde el ejecutante hace emitir los diferentes sonidos. Esta consola puede estar compuesta de uno o más teclados, dispuestos a diversas alturas, así como pedales que ejecutan sonidos bajos o de acompañamiento y registros, que activan o desactivan un determinado número de tubos.
Cuando el ejecutante toca una tecla, se activa un sistema de viento, que es un espacio que contiene aire comprimido que le llega a través de la acción de unas palancas, manijas o fuelles que otra persona acciona, subiendo y bajando, de manera que en todo momento el instrumento dispone de la suficiente cantidad de aire para poder trasmitirlo a la tubería y generar los sonidos indicados por el ejecutante.
Lo más complicado del instrumento es el sistema de tubos que posee el órgano. Se trata de cañones de metal de diferente dimensión y disposición que suelen contarse por decenas o por centenas —y dicen que algunos instrumentos en Europa suelen tener hasta miles de ellos—, en donde cada tubo corresponde a un sonido diferente. Los hay simples como una flauta o dotados de una especie de lengüeta metálica que hace cierta vibración especial al momento de la emisión del sonido. Cuando el ejecutando toca una tecla, se abre una válvula que deja pasar el aire comprimido al tubo y es entonces cuando se genera la nota musical, corta o sostenida. Existen también registros que, con ayuda de unos botones o palancas, permiten la activación o el silencio de determinado conjunto de tubos. En pocas palabras, el órgano es uno de los instrumentos más completos en la música, pues posee gran versatilidad en la emisión de notas de todos los matices.
Por supuesto que la construcción e instalación de este tipo de maravillas requería, en primer lugar, de un lugar fijo y adecuado. Habitualmente se les colocaba en las instalaciones del coro de los templos, que se localiza en la segunda planta, poco después de la puerta de entrada. Cada órgano musical era único, pues se le diseñaba y construía específicamente para un lugar determinado.
Por supuesto su complejidad, belleza y sonoridad estaban directamente relacionados no sólo con el espacio disponible, sino con la cantidad de dinero que la comunidad o los donantes deseaban invertir. En nuestro Municipio de Yauhquemehcan existen estos instrumentos en los templos de San Dionisio, en San Francisco Tlacuilohcan, en Santa María Atlihuetzian, en San Lorenzo Tlacualoyan y en Santa Úrsula Zimatepec; ofrezco por anticipado mi disculpa más sincera por si, de manera involuntaria he olvidado la mención de alguno.
El órgano tubular de Santa Úrsula recibió el beneficio de una inversión para su restauración y mantenimiento y volvió a escucharse su regia voz hace pocos meses. En el caso del que se encuentra en el templo de San Dionisio, hace algunas semanas, personal de la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía “Manuel del Castillo Negrete” (ENCRyM) de la Ciudad de México acudió a hacer un diagnóstico del estado físico que guarda el instrumento, entregándose a los representantes eclesiásticos una copia de los resultados. En general puede decirse que estos instrumentos monumentales, por descuido, falta de mantenimiento y desuso, el día de hoy presentan diversos tipos de fallas y daños y las inversiones para volver a habilitarlos en muchas ocasiones no bajan del millón de pesos.
A esto hay que unir un par de factores fundamentales: en primer lugar, a que, por diferentes fenómenos sociológicos y culturales, cada vez son menos las personas que, participando de la grey católica, se interesen en cooperar económicamente para hacer frente a este tipo de necesidades. Por otro lado, se encuentra la falta de ejecutantes, pues los músicos modernos, pianistas o tecladistas, conocen y dominan otro tipo de instrumentos mucho más convencionales y sencillos, más no uno de tipo monumental que tiene tantas variantes y dificultades para emitir las notas musicales. A esto hay que añadir también unas palabras en torno de que hace falta la formación de un público capaz de apreciar y valorar la música sacra generada a través de los órganos tubulares y esta condición pasa, por supuesto, por el fomento que hay que hacer para que, entre niños y jóvenes, la música se abra como una alternativa de esparcimiento, pero también de formación para la vida. Es absolutamente necesario que gobiernos, instituciones, fundaciones, comunidades y familias inviertan en la formación artística y específicamente musical de niños y jóvenes, para poder recuperar la grandeza que un día tuvo esta tierra en materia de música y canto.
El Maestro Gustavo Mauleón, distinguido académico e investigador —por cierto, miembro emérito del Consejo de Cronistas del Estado de Tlaxcala—, ha desplegado los esfuerzos de toda su vida en tratar de localizar y documentar estos órganos tubulares monumentales en los templos de Tlaxcala, Puebla y Oaxaca. De las dos primeras entidades enunciadas, ya tiene publicado desde hace varios años sendos catálogos, bajo la firma de la Universidad iberoamericana, y en ellos se contienen los datos esenciales de los instrumentos localizados en nuestro Municipio de Yauhquemehcan. Mauleón dice que estos instrumentos tienen gran interés, no sólo desde el punto de vista musicológico, sino particularmente como parte de la historia de la propia comunidad a la que pertenecen.
Por lo pronto estas voces grandiosas de los órganos tubulares monumentales han quedado silenciadas, a la espera de las inversiones necesarias, de las manos expertas que les reparen y vuelvan a poner en funcionamiento, a la espera de que manos de artistas vuelvan a arrancarles las notas con las que solían inundar todos los espacios de los templos en las grandes solemnidades, conmoviendo hasta la médula de los huesos a quienes escuchaban la majestuosidad de su canto, y a la espera de que la gente de la comunidad vuelva a reunirse, interesaba en dejarse llevar por la grandiosidad de sus notas. Por el momento, estas maravillas musicales, yacen en silencio.
¡Caminemos Juntos!

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